martes, 10 de diciembre de 2013

Volar


Parece que mis dedos se resisten a que la voz lo diga todo. Incluso en el más absoluto silencio , en la más muda situación, siempre hay algo que dejar escrito, como si creyésemos que algún día se fuera a perder, aun sabiendo, aun estando convencidos de que esto es eterno, de que poco a poco, mediante pasos minúsculos, mediante piedras insignificantes, estamos construyendo un muro infranqueable, un castillo indestructible.

En un intento absurdo de alargar los sentimientos, de mostrar, de alguna otra forma, lo que aquellas canciones mueven en mi interior, hablo con letras, diciendo nada y recordándotelo todo.

Cierro los ojos poco a poco, dejando entrar en ellos los temblores de ese sonido, de esa melodía suave que marcó un antes y un después hace tanto tiempo. ¿Años? , ¿Meses? Para mí solo ha sido un segundo, un segundo increíble que guardo en algún rincón de mi alma, o que quizá la ocupa toda.

Los delirios son más frecuentes, dulces alucinaciones que me hacen creer que no estoy aquí, que esta realidad es cada vez más desechable y que tú has creado otra.

En la tuya no hay días, hay fantasías, no hay ganas de abandonar, hay motivos para seguir, no hay llantos, ni siquiera tiempo para sentir que algo está perdido. Cada instante vivido a tu lado se difumina al segundo, como esos sueños fugaces y perfectos que se borran al despertar, pensando que son demasiado buenos para vivirlos, olvidándolos y al mismo tiempo, permaneciendo en lo más profundo del corazón, dándote un motivo para creer que esta vida merece la pena.  Apuntándolos en algún lugar para leerlos mil veces y convencerte de que es real.  Lo eres.

Te agarras muy fuerte a mí, pero no siento el dolor de unas cadenas. Te abrazo con la fuerza más atroz, pero no me rompo. Piso el suelo, pero estoy volando. Te quiero y te deseo como a nada en este mundo, pero sé que eso es demasiado poco. 

jueves, 24 de octubre de 2013

EL RETROCESO

En concretos momentos de la vida, sientes de repente, que todo se para en seco, que los sentimientos que corrían libres y que eran imposibles de alcanzar quedan intactos de golpe, hundidos en un mar de lodo del que es inviable sobrevivir.

A veces crees que estás atrapada, sin esperarlo te encuentras entre cuatro paredes invisibles que te encierran en un momento permanente, en un instante eterno donde solo cabe la angustia, los miedos,la incertidumbre... no dando lugar a nada más. Ni a una sonrisa, ni a un rayo de sol, ni a un soplo de aire fresco, ni a un “ volver a empezar”. Las tormentas de arena parecen no disiparse nunca, y en un intento de proteger tus ojos, los cierras, quizá demasiado tiempo, quizá solo un segundo que dura más de lo previsto.

Todo es oscuridad. La espesa y contundente negrura se vierte sobre ti tratando de devorar cualquier atisbo de esperanza. Y te mantienes inerte, sabiendo y aceptando que cualquier acción es inútil, que más allá de esa niebla solo hay otro huracán, otra tormenta quizá mucho peor que esta. Mejor no comprobarlo, piensas. Ya es demasiado tarde, es esto lo que mereces.

Entonces, sin preverlo, sin ser consciente de que es cierto, una gélida gota de agua cae en tu interior, mojando tu alma, refrescando tus emociones. Recorre tu cuerpo muy despacio, amaneciendo cada poro, abriendo cada sensación.
Sólo los valientes se dan la vuelta para observar de donde procede, sólo aquellos capaces de arriesgar su amor disipan al fin ese glaciar helado que se va derritiendo poco a poco, ese bloque de hielo que se congeló hace años y que ahora, en el momento exacto, quiere mostrar lo que alvergaba, regalándoselo a aquellos que supieron esperar. Por fin concibes la idea de que el frío no solo hiere, sino que conserva y mantiene lo más preciado.




La mirada cambia, los colores vuelan, renovándose dentro de ti. Sabes al fin que tus labios agrietados, cansados de soportar, no permanecieron así porque el agua se acabó, porque no hubo palabras que decir. La sangre de esos cortes fué necesaria para que ahora, justo ahora, un río de lluvia fresca los haga enmudecer, incapaces de describir una situación que valió la pena aguardar. Una sensación única nunca antes experimentada.

Comprendes que la represión no es retroceder, que si algo acabó fué porque otros vendrían. Otras personas, otros sentimientos, cargados de nuevas experiencias, de lágrimas de emoción, de vida, de ilusión. Que si se dió un beso y no se volvió a repetir fué porque el de más adelante, el que vendría después de muchos años, sería inolvidable, eclipsando a todos los anteriores.
Que si los versos que te hicieron sonreir ya no fueron susurrados más fué porque su dueño esperó a que se hicieran más grandes, a que alcanzaran lo más profundo, a que significaran de verdad, llegando entonces al corazón adecuado.

A veces unos golpes se escuchan en tu puerta, y por mucho que te hayan enseñado a no abrir, a no arriesgar, debes salir afuera, recibir lo que está detrás. La vida, el destino, la magia. Si no lo haces, quizá ya no vuelvan a tocar, solo quizá.

A veces un retroceso es el principio de un progreso cercano, de un empezar kilométrico que en un segundo se detiene en tus brazos. A veces correr no es llegar antes, a veces despertar unos minutos después supone alargar un sueño.

martes, 1 de octubre de 2013

BREVEDAD



No había un motivo concreto por el cual corría desesperadamente, sus piernas alcanzaban un ritmo que sorprendía a su mente, a su razón. Bastaron unas pocas horas para percatarse de que aquel no era su lugar, de que su aire, el aire limpio con el que ella podía vivir y vibrar sin miedo estaba a escasos metros. Si aceleraba más, a penas serían segundos, pensó.

El suelo que pisaba bruscamente tampoco le pareció familiar. Incluso estando rodeada de flores, de olor a azahar y de árboles que querían abrazarla no se sintió bien, ese pequeño hueco en su corazón debía llenarse de algo grande, de algo a lo que se aproximaba con un ansia irrefrenable.

Comenzaba a sentir en sus huesos un calor imposible, una sensación que ni el ser más repleto de felicidad podría experimentar. Quizá ella estaba un paso por encima. Quizá sus sentimientos eran únicos, diferentes a los de cualquier otro. Quizá nadie podría arrancar jamás esa sonrisa permanente que surgía poco a poco, como una flor inmortal regada por la líquida hermosura de sus ojos.

Sus latidos tenían alas, se enredaban unos con otros buscando ansiosamente la salida. Sintió que arañaban sus entrañas, deseando escapar para no volver.
Cuando creyó notar una brecha abriéndose en su pecho vislumbró de repente su casa, unos cimientos inertes que albergaban algo maravilloso, una joya digna de adoración.

El sonido de la puerta al cerrarse la despertó de golpe, una leve brisa comenzaba a empujar su locura. Sus pasos eran uniformes, primero más rápidos, luego más lentos, envuelta en una infinidad de temblores que recorrían toda su longitud.
El entusiasmo dilataba su sonrisa, y sabía que el brillo que ahora mismo poseía su mirada hubiera bastado para no reconocerse ante un espejo.


A penas se cercioró de que pisaba el último peldaño. Sólo se dejó llevar, arrastrada por un olor irresistible que manaba de cuatro simples paredes. Si alguien quería conocer cual era el perfume del cielo solo tenía que pisar ese espacio.

La negrura que quedaba detrás parecía romperse a pedazos, como trozos de papel cortante que solo podrían destruir el dolor, haciéndolo desaparecer.

La agitación la inundaba, de arriba a abajo, apoderándose de sus pensamientos y luego de sus dedos. Sus pulmones se habían olvidado del único deber que poseían, su aliento pareció congelarse en el aire y creyó que en ese momento desaparecería para siempre.





Entonces lo vio. Una escultura dorada, un ser humano iluminado por infinidad de sueños que compartía con ella en un minúsculo mundo.
La pureza del oxígeno que de él brotaba activó cada uno de sus órganos, como si tuvieran vida propia, suspirando desde cada rincón de su interior.
Una tímida sonrisa se asomaba poco a poco. Deseó que ésta se colara en una de sus respiraciones, quedándose atrapada en los sueños de aquel ángel que yacía en la cama, para siempre.

A pesar de admitir en lo más profundo que por fin creía en ese sentimiento innombrable, sólo en aquel preciso instante supo que su infinito bienestar, su lugar, su paraíso donde perderse, descubrir y sonreír era esa persona. Una persona que superaba la perfección, rozando la imposible belleza, aunque para cualquiera solo fuera un hombre común durmiendo en un colchón.

Estaba convencida de que a nadie en ese mínimo segundo, en ese fragmento de tiempo, se le había escapado una lágrima como la que recorría su cuello lentamente. Eso le pareció increíble. Quiso volver a llorar.
El cuarto se tiñó de mil colores, cada fibra de su piel era uno distinto, solo con mirarlo creaba cientos de ellos, incluso esos que nadie había visto jamás.
Todo lo que le rodeaba comenzaba a cobrar sentido, desde el suelo hasta el firmamento. Estaba segura de que las estrellas habían nacido después de él, con la única misión de mantener las comisuras de sus labios bien altas, tocando las nubes.

No eran nada. Ni paseaban de la mano ni existía etiqueta que definiera lo que sentían. Tampoco hablaban de ello ni se paraban a reflexionar acerca de qué hacer con un lejano futuro. Ni siquiera encontraba un motivo para explicar por qué se encontraba durmiendo en su cama.
Las palabras para nombrar ese amor estaban bajo tierra, perdidas y olvidadas. Cada abrazo que le regalaba le hacía perder la noción, la cordura.

Las mesas eran cómplices de caricias sin fin, de pequeños e intensos roces ajenos a las cotidianas conversaciones de cualquiera.
Se hablaban sin mover los labios, interpretando sus miradas y riendo en silencio, mordiéndose las ganas de lanzarse el uno sobre el otro y reprimiendo una pasión que no cabía en sus inquietos cuerpos.

Se sorprendió al percatarse de que aún seguía apoyada en la puerta, sin rozar todavía su piel, observándolo desde unos centímetros de distancia y sintiéndose inmortal. Habría sido precioso guardar esa sensación en una botella para poder contemplar cuando quisiera las maravillas que el corazón albergaba.
Cuando quiso avanzar hacia él después de permanecer unos minutos contemplando aquel espectáculo supo que escribiría todo lo que estaba experimentando, todo lo que había vivido y todo lo que que acudía a su mente cuando le veía dormir plácidamente, cuando simplemente le acariciaba la espalda y le susurraba un par de frases sinceras.
El mundo tenía que conocer lo que era amar. Y no se refería a ese amor turbio disfrazado de rutina que desgraciadamente en tantas personas residía, si no el amor que revoloteaba por aquel lugar, el que magnificaba todos sus sentidos y el que provocaba que un amanecer le emocionara hasta límites inimaginables. El que le hacía encontrar la belleza en cualquier recodo, el que de verdad le levantaba la cabeza al despertarse cada mañana dando gracias, unas gracias enormes y sinceras por tal hermoso privilegio, el que representaba una galería sin fin repleta de innumerables cuadros, abstractos y bellos dibujos que sólo comprendían sus dos almas.

Reírse de la realidad, parar el tiempo para poder contemplar sus ojos, hundirse en sus besos y confundirlos con el universo, mágico e infinito. No pestañear ni un segundo recorriendo su espalda, sus manos. Romperse en millones de pedazos si se alejaba un milímetro de ella. Sangrar si veía que sus pestañas se mojaban.
Eso y sólo eso era enamorarse, y ni siquiera esas palabras eran lo suficientemente serias para describir aquello. Pero lo haría, lo mostraría. Recordaría a cada par de pupilas que la leyesen el placer tan inmenso de querer sin medidas y ser correspondido, de ser idolatrado al unísono.
Ojalá pudiera despertar la inquietud de descubrir ese cúmulo de sensaciones en cualquier desconocido, pensó. Ojalá gracias a ella alguien pudiera evocar aquello que se encontraba en lo más profundo y explotarlo hasta morir.

Mientras fantaseaba con ese deseo llegó por fin a su destino, acostándose a su lado. Entonces rozó sus brazos, relajando cada fibra de su cuerpo hasta fundirse con el cielo.
Se recostó en su pecho, dejándose llevar por el vaivén de su respiración, por unos dedos que se entrelazaban con los suyos, desterrando los pensamientos muy lejos de allí.
Incluso en la oscuridad que vino después una luz inefable la arropó con cariño, le cantó dulcemente, y en la brevedad de un suspiro encontró el sentido de vivir.






miércoles, 4 de septiembre de 2013

Deseos

Me gustaría poder mirar al cielo, sonreirle y susurrarle en voz baja que me alegra saber que siempre brilla algo allí arriba cuando aquí está nublado, cuando la contaminación y el color gris lo inundan todo.
Me gustaría darle las gracias por poder contemplarlo, por poder perderme en cada estrella cuando necesito volar lejos de aquí.

Me gustaría coger las dos monedas olvidadas en mi bolsillo desde hace tiempo, saborear un batido de chocolate y cerrar los ojos en cada trago, gritándole a la nada que me siento afortunada de poder experimentar miles de sabores. Mezclarlos, probarlos.

Me encantaría poder comprar un trozo de algún vicio, fumar en alguna colina silenciosa y repetirme que también esos pequeños golpes son necesarios, que puedo disfrutar del dulce placer de regalarle al cuerpo algo que le haga olvidar.

Me gustaría observar el horizonte, sorprenderme de lo maravilloso que es adentrarse en la vida de cualquier persona y hacerle creer que su día a día puede ser la historia y batallas de un cuento fantástico.

Me gustaría olvidarme de la política, de los miedos, de aquellos que condicionan el futuro, olvidarme de que es importante conocer como vive el mundo, como lo castigan y lo torturan a su antojo.

Me gustaría, entonces, dejar la lengua correr, hablar sobre las locuras posibles, escuchar el viento, recordar que la vida es breve y que en vez de estar cabizbaja puedo alzar la mirada, escuchar una preciosa risa y contagiarme sin miedo.

Me encantaría sentir la cafeína en las venas, disfrutar de ser más fuerte que el sueño e imaginar los millones de lugares donde un abrazo puede iluminar la oscuridad, donde un beso puede vencer la incertidumbre y ser dueño de un nuevo comienzo.

Me gustaría compartir cada mínimo momento contigo. Saber que es posible.
Me gustaría no estar desfalleciendo mientras esos instantes se esfuman. Como un libro a medias q se cierra y desaparece en el olvido.






martes, 3 de septiembre de 2013

Permaneció inmóvil, con las piernas olvidadas y los brazos enlazados con los suyos. Ojalá ese nudo no se deshiciera jamás, pensó. Podría estar enredada a él toda su vida, en un laberinto sin salida.

Su aliento chocaba lentamente en su nuca y los escasos centímetros que separaban su vientre de su espalda le parecieron un pecado atroz.

Quiso decirle que siempre borraba al instante cada palabra que escribía en su ordenador cuando comenzaba a recordar los momentos vividos, que si la pantalla fuera una hoja de papel la habría arrugado y arrojado a la basura infinitas veces porque las letras ya estaban muy lejos, demasiado minúsculas, incapaces de describir el amor que sentía hacia él.

Quiso despegar sus labios poco a poco y suplicarle que se quedara, que no la soltara nunca al precipicio de la realidad, que le arropara con sus sueños y que extinguiera los miedos infinitos que la abrazaban cuando se separaba de ella, cuando se alejaba apenas unos pasos.

La quietud de ese instante la convertía cada vez más en una estatua inerte. El temor a retorcerse y que eso provocara que él se desprendiera de su cuerpo se acrecentada. Jamás había deseado tanto algo así. Jamás se había sentido tan segura.

Sintió el calor de su cuerpo cada vez más dentro. Una sensación indescriptible en la que su magia entraba por cada poro de la piel inundándola de miles de colores que se mezclaban en su interior, provocando una convulsión que la obligó a darse la vuelta, a devolverle a ese lienzo el brillo que ahora ella poseía.

Los nervios se esfumaron y una tranquilidad inhumana se apoderó de la habitación, de cada fibra y cada uno de sus rincones.

Sus ojos la miraban fijamente, robándole las fuerzas y haciéndole levitar poco a poco. Podría haberse ahogado en ese verde infinito sin enterarse, sin importarle lo más mínimo.
Sus manos resbaladizas los acariciaron, igual q el lugar donde su vida tenía sentido cuando la rozaban, sus labios.

Comenzó entonces a dedicarle miles de palabras, a romper el silencio con multitud de sentimientos que rogaban ver la luz, abarrotándose unos sobre otros por querer llegar a sus oídos. Nunca recordó qué fue lo que salió de su boca, sólo un par de lágrimas descansando en ella mientras él le sonreía.

Cuando la incertidumbre de no saber si el deseo de permanecer así eternamente le atacó de nuevo, volvió a clavar la mirada en la suya, recibiendo de nuevo aquella paz.
Creyó estar en lo más alto y miró hacia abajo. A penas se podía distinguir nada. Los problemas más grandes se apreciaban a duras penas, las inseguridades eran sólo pequeños granos de arena que desaparecían al segundo arrastrados por su respiración, el pasado de una chica triste se hundía bajo tierra.

De repente una ráfaga de vértigo pasó por su lado, creyó estar a punto de caer a ese lago de penurias y llantos cuando unos brazos le rodearon, le apretaron muy fuerte y la acercaron a un lugar donde las nubes acariciaban su piel y la mantenían flotando. Ella extendió los suyos, sabiendo que jamás volvería a mirar atrás, sabiendo que no pisaría el suelo otra vez.




Estaba abrazando el cielo, y nada, absolutamente nada le haría caer de nuevo.










domingo, 1 de septiembre de 2013

" Supe entonces que dedicaría cada minuto que nos quedaba juntos a hacerla feliz, a reparar el daño que le había hecho y a devolverle lo que nunca supe darle. Estas páginas serán nuestra memoria hasta que su último aliento se apague en mis brazos y la acompañe mar adentro, donde rompe la corriente, para sumergirme con ella para siempre y poder al fin huir a un lugar donde ni el cielo ni el infierno nos puedan encontrar jamás. "