No
había un motivo concreto por el cual corría desesperadamente, sus
piernas alcanzaban un ritmo que sorprendía a su mente, a su razón.
Bastaron unas pocas horas para percatarse de que aquel no era su
lugar, de que su aire, el aire limpio con el que ella podía vivir y
vibrar sin miedo estaba a escasos metros. Si aceleraba más, a penas
serían segundos, pensó.
El
suelo que pisaba bruscamente tampoco le pareció familiar. Incluso
estando rodeada de flores, de olor a azahar y de árboles que querían
abrazarla no se sintió bien, ese pequeño hueco en su corazón debía
llenarse de algo grande, de algo a lo que se aproximaba con un ansia
irrefrenable.
Comenzaba
a sentir en sus huesos un calor imposible, una sensación que ni el
ser más repleto de felicidad podría experimentar. Quizá ella
estaba un paso por encima. Quizá sus sentimientos eran únicos,
diferentes a los de cualquier otro. Quizá nadie podría arrancar
jamás esa sonrisa permanente que surgía poco a poco, como una flor
inmortal regada por la líquida hermosura de sus ojos.
Sus
latidos tenían alas, se enredaban unos con otros buscando
ansiosamente la salida. Sintió que arañaban sus entrañas, deseando
escapar para no volver.
Cuando
creyó notar una brecha abriéndose en su pecho vislumbró de repente
su casa, unos cimientos inertes que albergaban algo maravilloso, una
joya digna de adoración.
El
sonido de la puerta al cerrarse la despertó de golpe, una leve brisa
comenzaba a empujar su locura. Sus pasos eran uniformes, primero más
rápidos, luego más lentos, envuelta en una infinidad de temblores
que recorrían toda su longitud.
El
entusiasmo dilataba su sonrisa, y sabía que el brillo que ahora
mismo poseía su mirada hubiera bastado para no reconocerse ante un
espejo.
A
penas se cercioró de que pisaba el último peldaño. Sólo se dejó
llevar, arrastrada por un olor irresistible que manaba de cuatro
simples paredes. Si alguien quería conocer cual era el perfume del
cielo solo tenía que pisar ese espacio.
La
negrura que quedaba detrás parecía romperse a pedazos, como trozos
de papel cortante que solo podrían destruir el dolor, haciéndolo
desaparecer.
La
agitación la inundaba, de arriba a abajo, apoderándose de sus
pensamientos y luego de sus dedos. Sus pulmones se habían olvidado
del único deber que poseían, su aliento pareció congelarse en el
aire y creyó que en ese momento desaparecería para siempre.
Entonces
lo vio. Una escultura dorada, un ser humano iluminado por infinidad
de sueños que compartía con ella en un minúsculo mundo.
La
pureza del oxígeno que de él brotaba activó cada uno de sus
órganos, como si tuvieran vida propia, suspirando desde cada rincón
de su interior.
Una
tímida sonrisa se asomaba poco a poco. Deseó que ésta se colara en
una de sus respiraciones, quedándose atrapada en los sueños de
aquel ángel que yacía en la cama, para siempre.
A
pesar de admitir en lo más profundo que por fin creía en ese
sentimiento innombrable, sólo en aquel preciso instante supo que su
infinito bienestar, su lugar, su paraíso donde perderse, descubrir y
sonreír era esa persona. Una persona que superaba la perfección,
rozando la imposible belleza, aunque para cualquiera solo fuera un
hombre común durmiendo en un colchón.
Estaba
convencida de que a nadie en ese mínimo segundo, en ese fragmento de
tiempo, se le había escapado una lágrima como la que recorría su
cuello lentamente. Eso le pareció increíble. Quiso volver a
llorar.
El
cuarto se tiñó de mil colores, cada fibra de su piel era uno
distinto, solo con mirarlo creaba cientos de ellos, incluso esos que
nadie había visto jamás.
Todo
lo que le rodeaba comenzaba a cobrar sentido, desde el suelo hasta el
firmamento. Estaba segura de que las estrellas habían nacido después
de él, con la única misión de mantener las comisuras de sus labios
bien altas, tocando las nubes.
No
eran nada. Ni paseaban de la mano ni existía etiqueta que definiera
lo que sentían. Tampoco hablaban de ello ni se paraban a reflexionar
acerca de qué hacer con un lejano futuro. Ni siquiera encontraba un
motivo para explicar por qué se encontraba durmiendo en su cama.
Las
palabras para nombrar ese amor estaban bajo tierra, perdidas y
olvidadas. Cada abrazo que le regalaba le hacía perder la noción,
la cordura.
Las
mesas eran cómplices de caricias sin fin, de pequeños e intensos
roces ajenos a las cotidianas conversaciones de cualquiera.
Se
hablaban sin mover los labios, interpretando sus miradas y riendo en
silencio, mordiéndose las ganas de lanzarse el uno sobre el otro y
reprimiendo una pasión que no cabía en sus inquietos cuerpos.
Se
sorprendió al percatarse de que aún seguía apoyada en la puerta,
sin rozar todavía su piel, observándolo desde unos centímetros de
distancia y sintiéndose inmortal. Habría sido precioso guardar esa
sensación en una botella para poder contemplar cuando quisiera las
maravillas que el corazón albergaba.
Cuando
quiso avanzar hacia él después de permanecer unos minutos
contemplando aquel espectáculo supo que escribiría todo lo que
estaba experimentando, todo lo que había vivido y todo lo que que
acudía a su mente cuando le veía dormir plácidamente, cuando
simplemente le acariciaba la espalda y le susurraba un par de frases
sinceras.
El
mundo tenía que conocer lo que era amar. Y no se refería a ese amor
turbio disfrazado de rutina que desgraciadamente en tantas personas
residía, si no el amor que revoloteaba por aquel lugar, el que
magnificaba todos sus sentidos y el que provocaba que un amanecer le
emocionara hasta límites inimaginables. El que le hacía encontrar
la belleza en cualquier recodo, el que de verdad le levantaba la
cabeza al despertarse cada mañana dando gracias, unas gracias
enormes y sinceras por tal hermoso privilegio, el que representaba
una galería sin fin repleta de innumerables cuadros, abstractos y
bellos dibujos que sólo comprendían sus dos almas.
Reírse
de la realidad, parar el tiempo para poder contemplar sus ojos,
hundirse en sus besos y confundirlos con el universo, mágico e
infinito. No pestañear ni un segundo recorriendo su espalda, sus
manos. Romperse en millones de pedazos si se alejaba un milímetro de
ella. Sangrar si veía que sus pestañas se mojaban.
Eso
y sólo eso era enamorarse, y ni siquiera esas palabras eran lo
suficientemente serias para describir aquello. Pero lo haría, lo
mostraría. Recordaría a cada par de pupilas que la leyesen el
placer tan inmenso de querer sin medidas y ser correspondido, de ser
idolatrado al unísono.
Ojalá
pudiera despertar la inquietud de descubrir ese cúmulo de
sensaciones en cualquier desconocido, pensó. Ojalá gracias a ella
alguien pudiera evocar aquello que se encontraba en lo más profundo
y explotarlo hasta morir.
Mientras
fantaseaba con ese deseo llegó por fin a su destino, acostándose a
su lado. Entonces rozó sus brazos, relajando cada fibra de su cuerpo
hasta fundirse con el cielo.
Se
recostó en su pecho, dejándose llevar por el vaivén de su
respiración, por unos dedos que se entrelazaban con los suyos,
desterrando los pensamientos muy lejos de allí.
Incluso
en la oscuridad que vino después una luz inefable la arropó con
cariño, le cantó dulcemente, y en la brevedad de un suspiro
encontró el sentido de vivir.

Quizás lo inefable, lo innombrable, sea la única palabra que pueda articular.
ResponderEliminar"Sublime" es una ligera descripción de un grano de arena en ése mar infinito literario que has escrito.