martes, 1 de octubre de 2013

BREVEDAD



No había un motivo concreto por el cual corría desesperadamente, sus piernas alcanzaban un ritmo que sorprendía a su mente, a su razón. Bastaron unas pocas horas para percatarse de que aquel no era su lugar, de que su aire, el aire limpio con el que ella podía vivir y vibrar sin miedo estaba a escasos metros. Si aceleraba más, a penas serían segundos, pensó.

El suelo que pisaba bruscamente tampoco le pareció familiar. Incluso estando rodeada de flores, de olor a azahar y de árboles que querían abrazarla no se sintió bien, ese pequeño hueco en su corazón debía llenarse de algo grande, de algo a lo que se aproximaba con un ansia irrefrenable.

Comenzaba a sentir en sus huesos un calor imposible, una sensación que ni el ser más repleto de felicidad podría experimentar. Quizá ella estaba un paso por encima. Quizá sus sentimientos eran únicos, diferentes a los de cualquier otro. Quizá nadie podría arrancar jamás esa sonrisa permanente que surgía poco a poco, como una flor inmortal regada por la líquida hermosura de sus ojos.

Sus latidos tenían alas, se enredaban unos con otros buscando ansiosamente la salida. Sintió que arañaban sus entrañas, deseando escapar para no volver.
Cuando creyó notar una brecha abriéndose en su pecho vislumbró de repente su casa, unos cimientos inertes que albergaban algo maravilloso, una joya digna de adoración.

El sonido de la puerta al cerrarse la despertó de golpe, una leve brisa comenzaba a empujar su locura. Sus pasos eran uniformes, primero más rápidos, luego más lentos, envuelta en una infinidad de temblores que recorrían toda su longitud.
El entusiasmo dilataba su sonrisa, y sabía que el brillo que ahora mismo poseía su mirada hubiera bastado para no reconocerse ante un espejo.


A penas se cercioró de que pisaba el último peldaño. Sólo se dejó llevar, arrastrada por un olor irresistible que manaba de cuatro simples paredes. Si alguien quería conocer cual era el perfume del cielo solo tenía que pisar ese espacio.

La negrura que quedaba detrás parecía romperse a pedazos, como trozos de papel cortante que solo podrían destruir el dolor, haciéndolo desaparecer.

La agitación la inundaba, de arriba a abajo, apoderándose de sus pensamientos y luego de sus dedos. Sus pulmones se habían olvidado del único deber que poseían, su aliento pareció congelarse en el aire y creyó que en ese momento desaparecería para siempre.





Entonces lo vio. Una escultura dorada, un ser humano iluminado por infinidad de sueños que compartía con ella en un minúsculo mundo.
La pureza del oxígeno que de él brotaba activó cada uno de sus órganos, como si tuvieran vida propia, suspirando desde cada rincón de su interior.
Una tímida sonrisa se asomaba poco a poco. Deseó que ésta se colara en una de sus respiraciones, quedándose atrapada en los sueños de aquel ángel que yacía en la cama, para siempre.

A pesar de admitir en lo más profundo que por fin creía en ese sentimiento innombrable, sólo en aquel preciso instante supo que su infinito bienestar, su lugar, su paraíso donde perderse, descubrir y sonreír era esa persona. Una persona que superaba la perfección, rozando la imposible belleza, aunque para cualquiera solo fuera un hombre común durmiendo en un colchón.

Estaba convencida de que a nadie en ese mínimo segundo, en ese fragmento de tiempo, se le había escapado una lágrima como la que recorría su cuello lentamente. Eso le pareció increíble. Quiso volver a llorar.
El cuarto se tiñó de mil colores, cada fibra de su piel era uno distinto, solo con mirarlo creaba cientos de ellos, incluso esos que nadie había visto jamás.
Todo lo que le rodeaba comenzaba a cobrar sentido, desde el suelo hasta el firmamento. Estaba segura de que las estrellas habían nacido después de él, con la única misión de mantener las comisuras de sus labios bien altas, tocando las nubes.

No eran nada. Ni paseaban de la mano ni existía etiqueta que definiera lo que sentían. Tampoco hablaban de ello ni se paraban a reflexionar acerca de qué hacer con un lejano futuro. Ni siquiera encontraba un motivo para explicar por qué se encontraba durmiendo en su cama.
Las palabras para nombrar ese amor estaban bajo tierra, perdidas y olvidadas. Cada abrazo que le regalaba le hacía perder la noción, la cordura.

Las mesas eran cómplices de caricias sin fin, de pequeños e intensos roces ajenos a las cotidianas conversaciones de cualquiera.
Se hablaban sin mover los labios, interpretando sus miradas y riendo en silencio, mordiéndose las ganas de lanzarse el uno sobre el otro y reprimiendo una pasión que no cabía en sus inquietos cuerpos.

Se sorprendió al percatarse de que aún seguía apoyada en la puerta, sin rozar todavía su piel, observándolo desde unos centímetros de distancia y sintiéndose inmortal. Habría sido precioso guardar esa sensación en una botella para poder contemplar cuando quisiera las maravillas que el corazón albergaba.
Cuando quiso avanzar hacia él después de permanecer unos minutos contemplando aquel espectáculo supo que escribiría todo lo que estaba experimentando, todo lo que había vivido y todo lo que que acudía a su mente cuando le veía dormir plácidamente, cuando simplemente le acariciaba la espalda y le susurraba un par de frases sinceras.
El mundo tenía que conocer lo que era amar. Y no se refería a ese amor turbio disfrazado de rutina que desgraciadamente en tantas personas residía, si no el amor que revoloteaba por aquel lugar, el que magnificaba todos sus sentidos y el que provocaba que un amanecer le emocionara hasta límites inimaginables. El que le hacía encontrar la belleza en cualquier recodo, el que de verdad le levantaba la cabeza al despertarse cada mañana dando gracias, unas gracias enormes y sinceras por tal hermoso privilegio, el que representaba una galería sin fin repleta de innumerables cuadros, abstractos y bellos dibujos que sólo comprendían sus dos almas.

Reírse de la realidad, parar el tiempo para poder contemplar sus ojos, hundirse en sus besos y confundirlos con el universo, mágico e infinito. No pestañear ni un segundo recorriendo su espalda, sus manos. Romperse en millones de pedazos si se alejaba un milímetro de ella. Sangrar si veía que sus pestañas se mojaban.
Eso y sólo eso era enamorarse, y ni siquiera esas palabras eran lo suficientemente serias para describir aquello. Pero lo haría, lo mostraría. Recordaría a cada par de pupilas que la leyesen el placer tan inmenso de querer sin medidas y ser correspondido, de ser idolatrado al unísono.
Ojalá pudiera despertar la inquietud de descubrir ese cúmulo de sensaciones en cualquier desconocido, pensó. Ojalá gracias a ella alguien pudiera evocar aquello que se encontraba en lo más profundo y explotarlo hasta morir.

Mientras fantaseaba con ese deseo llegó por fin a su destino, acostándose a su lado. Entonces rozó sus brazos, relajando cada fibra de su cuerpo hasta fundirse con el cielo.
Se recostó en su pecho, dejándose llevar por el vaivén de su respiración, por unos dedos que se entrelazaban con los suyos, desterrando los pensamientos muy lejos de allí.
Incluso en la oscuridad que vino después una luz inefable la arropó con cariño, le cantó dulcemente, y en la brevedad de un suspiro encontró el sentido de vivir.






1 comentario:

  1. Quizás lo inefable, lo innombrable, sea la única palabra que pueda articular.
    "Sublime" es una ligera descripción de un grano de arena en ése mar infinito literario que has escrito.

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