Entre
los susurros escondidos de las frías montañas, se deja escuchar,
muy de vez en cuando, una antigua leyenda olvidada. Una leyenda que,
como muchas otras, queda expuesta a todo aquel que quiera creer que
es cierta o , de lo contrario, sólo producto de habladurías de unos
pocos viejos ( siendo éstos los más sabios).
“
Existió una vez un hombre delgado y barbudo, de cuerpo menudo pero
de espíritu grande, que quiso desprenderse de la realidad artificial
que lo acechaba. Quiso hacerlo de la forma más extrema posible. “
Medidas extremas para situaciones extremas” , gritaba.
El
resto de humanos dejaban y permitían que los edificios, la
contaminación y la inexistencia de naturaleza y vida les devorara el
alma … Como un monstruo despiadado que los desconectaba de sus
raíces. Pero el loco era él.
Con
el poco latido que le quedaba y una madre que le suplicaba volver a
ella, se encaminó pues hacia las montañas solitarias que le
silbaban cada noche.
Caminó
llevando a hombros lo necesario para subsistir y, como si de un hilo
invisible que lo empujaba desde su pecho se tratara, corrió y voló
campo a través … alcanzando los bosques y respirando por fin, el
aire que todas aquellas hormigas diminutas que se veían desde lo
alto, nunca habían saboreado.
Pasados
unos días, aquel pequeño ser era cada vez más animal y menos
hombre. Más salvaje y menos esclavo, más loco y más libre.
Uno
de los ocasos, cuando el sol se despedía y las hojas se tornaban
plateadas … se tropezó sin esperarlo con un agujero oscuro. Una
grieta enorme, una herida en la roca, una inmensa y mágica gruta,
una cueva temible.
Allí
se plantó delante de ella. Tan imponente y solitaria. Una puerta que
invitaba al despertar, al miedo que se busca y al canto indómito que
reside en lo más recóndito.
Con
su cuerpo erguido y temblando … cerró los ojos y abrió los
sentidos. El sigilo colosal despertaba su piel. Los animales le
hablaban, y él los entendía. El viento lo empujaba a entrar. Lo
llamaba arrastrando sus trapos a lo desconocido, a lo más profundo ,
al centro de las piernas de la madre tierra.
Una
vez dentro, ninguna palabra podría transmitir lo que el salvaje
percibió. Las gélidas rocas lo abrazaban, rodeándolo al mismo
tiempo, de un calor inexplicable. La montaña lo acogía, su
consciencia despertaba y, por fin, comenzaba a sentir el añorado
beso de una naturaleza abandonada. Una creación que nadie parecía
recordar … aun siendo todos, hijos de ella.
Sin
pensarlo e impulsado por un poder oculto, reunió a sus pies unas
cuantas hojas secas que se amontonaban en la entrada, sujetó dos
grandes piedras y las hizo chocar entre ellas.
El
silencio sepulcral que habitaba y lo inundaba todo se avivaba con
cada estallido y, con él, también su cuerpo y su alma adormecida.
Con
los pensamientos fuera de aquel lugar, sus pies descalzos saltaron
con fuerza al ritmo del sonido que salía de sus manos. La cueva
hablaba, sus suspiros se entrecortaban … y entonces de entre las
rocas, cómo un viejo atávico que ansiaba ser liberado, nació con
ansia el fuego, en medio de la oscuridad más abismal.
El
hombre que ya no era hombre, comenzó entonces a ensalzar su voz,
inmerso en un primitivo trance al que se unían , danzando, los
ancestros más sagrados. El fuego se enredaba con él, provocando
sombras en las paredes vivas. Sobre éstas, una figura se contorneaba
sin sentido y cordura alguna.
El
sudor caía de su frente, los olores de la tierra y de la vida se
estrechaban, los cánticos surgían de su garganta , cómo poseído
por sus hermanos pasados, por sus originarios, por su verdadero
espíritu que por fin había soltado en medio de aquel hipnótico
momento.
La
hermana lluvia, sus truenos y relámpagos, se unieron a la danza
eterna. El viento los acompañaba con sus silbidos, los búhos
excitaban las llamas, la bestia seguía convulsionándose y gritando.
Gritando palabras que sólo los antepasados que allí vivieron
habrían comprendido. Entonces, de repente … el silencio ocupó de
nuevo toda la caverna.
Sólo
se escuchó su entrecortada respiración, su voz ahogada, su aliento
sorprendido al observar, con la más absoluta admiración , al padre
de aquel lugar sagrado que se encontraba, poderoso, en la entrada del
agujero.
Se
arrodilló entonces delante de él, sin temor ni miedo. Sólo.
Desnudo ante un lobo blanco que se acercaba lentamente al cuerpo
resbaladizo de alguien que acababa de saborear la vida más pura de
todas.
El
lobo níveo se inclinó delante del hombre, acercó sus ojos azules a
los negros llorosos de éste y, siendo ambos el mismo ser, apoyó su
hocico contra el otro, regalándole así, el beso enamorado del
bosque.
Fue
entonces cuando, al cerrar el hombre salvaje los ojos, una lágrima
brotó de entre ellos, cayendo sobre la roca y desapareciendo éste
de aquella cueva solitaria para siempre, dejando sólo en ella el
resonar de un cántico prehistórico y los resquicios de un pasado,
de un fuego eterno. “
La
leyenda sigue narrando que, a la entrada de la cueva solitaria, un
árbol se yergue fuerte y robusto. Un árbol precioso que brotó de la
lágrima que aquel hombre , más animal que hombre, dejó caer cuando
se encontró con el espíritu del bosque. Un árbol que , por las
noches, se convierte en una delgada figura que con sus cantos
desgarradores e indomables, da vida al fuego y alas al viento.

