Por
una vez después de un largo tiempo, el papel en blanco en frente de
ella no suponía una amenaza.
No se
sentía obligada a vestirlo de frases al aire, ni tampoco a llegar al
final del pálido folio para convencerse de que no había perdido
facultades y de que su talento aún permanecía intacto.
Las
palabras habían permanecido secas durante una amplia temporada
mientras su silencio estaba mojado de sensaciones indescriptibles. Ya
era hora de que sus manos se empaparan de esa ilusión desbordante y
estamparan en esa página las idílicas pinceladas de un lienzo
fugaz.
El
sonido de las teclas en aquel viejo ordenador comenzaba a paralizarse
conforme su mente escapaba poco a poco de aquellas responsabilidades
que le sobresaltaban diariamente.
Reposó
sus brazos sobre el sillón de mimbre que la arropaba cada tarde y,
escuchando sus leves crujidos, cerró sus ojos lentamente liberando
la fantasía que no era más que su dulce realidad.
La
brisa mecía sus cabellos que ya le acariciaban los hombros
sutilmente. Todo su cuerpo, de arriba a abajo, se sumía en una
infinita tranquilidad que podría haber apaciguado a la más temible
de las fieras. Y entonces, sabiendo que no había lugar más hermoso
que ese, llegó a esos dos prados verdes que se fundían en un solo
paraíso perfecto.
Corrió
libremente sobre ellos, imaginando que era una pluma revoloteando por
encima de la suave hierba y dejando que ésta rozara su cuerpo. Aquel
maravilloso edén olía a pura naturaleza, a flores recién nacidas.
Cuando
se recostó y miró hacia arriba, el cielo guardaba el mismo color
que el lugar donde yacía.
Reflexionó
entonces a cerca de lo extraordinario que era gozar de un rincón
secreto que nadie más podía compartir de esa forma. Nunca entendió
cómo otras personas hacían de los suyos un espectáculo,
fotografiando cada instante y etiquetándolos con nombres ya
inventados.
No
comprendía la incesante necesidad que tenían de sobrecargarlos
constantemente, de llenarlos de actividades innecesarias, de cambiar
el color del forraje y los árboles de sitio.
El
inconformismo, tarde o temprano, incendiaría sus bosques.
Ella era
inmensamente feliz rodando por toda su extensión, cantándole al
viento y durmiendo acunada por la impoluta calma que desprendía.
El hecho de su
simple existencia era un motivo más que suficiente para sentirse
afortunada, y aun
que el temor a que su prado fuera conquistado por otros se asomaba de
vez en cuando, cada vez que se acostaba en él, todas aquellas
suposiciones desaparecían.
Nadie
conocía sus sueños, nadie sabía de donde surgían sus sonrisas,
nadie era consciente de cual era el escondite que cobijaba su
felicidad más limpia.
Los
ladridos de su fiel amigo le sobresaltaron de golpe. Regresó al
instante del cuento en el que estaba sumida, pero sus gestos de
bienestar y alegría no desaparecían ni por un segundo. Posiblemente
nunca lo harían.
Se
disponía a retomar las tareas que había abandonado anteriormente
cuando , sin dar tiempo a que sus manos volvieran a posarse sobre el
teclado, el timbre de su casa retumbó con fuerza.
Se
acercó rápidamente al telefonillo que abría la puerta y daba paso
a su jardín, y, al salir, no pudo controlar que los
dientes se asomaran de entre sus labios.
Los
ojos aceitunados de la inspiración se encontraban en frente de ella,
e igual que había hecho hace unos minutos, regresó de nuevo al
lugar donde su imaginación la había llevado. Un lugar con nombre
propio.
No
sabía cuando volvería a escribir, ni si podría describir de nuevo
la inefable sensación de estrechar el cielo, pero el brillo etéreo
que surgía de ese abrazo no debía guardarse sólo en su memoria, y
era el momento perfecto de crear un recuerdo eterno y secreto.