domingo, 25 de mayo de 2014

" LOS OJOS DE LA INSPIRACIÓN "

Por una vez después de un largo tiempo, el papel en blanco en frente de ella no suponía una amenaza.
No se sentía obligada a vestirlo de frases al aire, ni tampoco a llegar al final del pálido folio para convencerse de que no había perdido facultades y de que su talento aún permanecía intacto.

Las palabras habían permanecido secas durante una amplia temporada mientras su silencio estaba mojado de sensaciones indescriptibles. Ya era hora de que sus manos se empaparan de esa ilusión desbordante y estamparan en esa página las idílicas pinceladas de un lienzo fugaz.

El sonido de las teclas en aquel viejo ordenador comenzaba a paralizarse conforme su mente escapaba poco a poco de aquellas responsabilidades que le sobresaltaban diariamente.
Reposó sus brazos sobre el sillón de mimbre que la arropaba cada tarde y, escuchando sus leves crujidos, cerró sus ojos lentamente liberando la fantasía que no era más que su dulce realidad.

La brisa mecía sus cabellos que ya le acariciaban los hombros sutilmente. Todo su cuerpo, de arriba a abajo, se sumía en una infinita tranquilidad que podría haber apaciguado a la más temible de las fieras. Y entonces, sabiendo que no había lugar más hermoso que ese, llegó a esos dos prados verdes que se fundían en un solo paraíso perfecto.

Corrió libremente sobre ellos, imaginando que era una pluma revoloteando por encima de la suave hierba y dejando que ésta rozara su cuerpo. Aquel maravilloso edén olía a pura naturaleza, a flores recién nacidas.

Cuando se recostó y miró hacia arriba, el cielo guardaba el mismo color que el lugar donde yacía.
Reflexionó entonces a cerca de lo extraordinario que era gozar de un rincón secreto que nadie más podía compartir de esa forma. Nunca entendió cómo otras personas hacían de los suyos un espectáculo, fotografiando cada instante y etiquetándolos con nombres ya inventados.
No comprendía la incesante necesidad que tenían de sobrecargarlos constantemente, de llenarlos de actividades innecesarias, de cambiar el color del forraje y los árboles de sitio.
El inconformismo, tarde o temprano, incendiaría sus bosques.

Ella era inmensamente feliz rodando por toda su extensión, cantándole al viento y durmiendo acunada por la impoluta calma que desprendía.
El hecho de su simple existencia era un motivo más que suficiente para sentirse afortunada, y aun que el temor a que su prado fuera conquistado por otros se asomaba de vez en cuando, cada vez que se acostaba en él, todas aquellas suposiciones desaparecían. 

Nadie conocía sus sueños, nadie sabía de donde surgían sus sonrisas, nadie era consciente de cual era el escondite que cobijaba su felicidad más limpia.





Los ladridos de su fiel amigo le sobresaltaron de golpe. Regresó al instante del cuento en el que estaba sumida, pero sus gestos de bienestar y alegría no desaparecían ni por un segundo. Posiblemente nunca lo harían.

Se disponía a retomar las tareas que había abandonado anteriormente cuando , sin dar tiempo a que sus manos volvieran a posarse sobre el teclado, el timbre de su casa retumbó con fuerza.
Se acercó rápidamente al telefonillo que abría la puerta y daba paso a su jardín, y, al salir, no pudo controlar que los dientes se asomaran de entre sus labios.

Los ojos aceitunados de la inspiración se encontraban en frente de ella, e igual que había hecho hace unos minutos, regresó de nuevo al lugar donde su imaginación la había llevado. Un lugar con nombre propio.

No sabía cuando volvería a escribir, ni si podría describir de nuevo la inefable sensación de estrechar el cielo, pero el brillo etéreo que surgía de ese abrazo no debía guardarse sólo en su memoria, y era el momento perfecto de crear un recuerdo eterno y secreto.