jueves, 7 de abril de 2016

NEARDENTALIA


Entre los susurros escondidos de las frías montañas, se deja escuchar, muy de vez en cuando, una antigua leyenda olvidada. Una leyenda que, como muchas otras, queda expuesta a todo aquel que quiera creer que es cierta o , de lo contrario, sólo producto de habladurías de unos pocos viejos ( siendo éstos los más sabios).

“ Existió una vez un hombre delgado y barbudo, de cuerpo menudo pero de espíritu grande, que quiso desprenderse de la realidad artificial que lo acechaba. Quiso hacerlo de la forma más extrema posible. “ Medidas extremas para situaciones extremas” , gritaba.

El resto de humanos dejaban y permitían que los edificios, la contaminación y la inexistencia de naturaleza y vida les devorara el alma … Como un monstruo despiadado que los desconectaba de sus raíces. Pero el loco era él.

Con el poco latido que le quedaba y una madre que le suplicaba volver a ella, se encaminó pues hacia las montañas solitarias que le silbaban cada noche.

Caminó llevando a hombros lo necesario para subsistir y, como si de un hilo invisible que lo empujaba desde su pecho se tratara, corrió y voló campo a través … alcanzando los bosques y respirando por fin, el aire que todas aquellas hormigas diminutas que se veían desde lo alto, nunca habían saboreado.

Pasados unos días, aquel pequeño ser era cada vez más animal y menos hombre. Más salvaje y menos esclavo, más loco y más libre.
Uno de los ocasos, cuando el sol se despedía y las hojas se tornaban plateadas … se tropezó sin esperarlo con un agujero oscuro. Una grieta enorme, una herida en la roca, una inmensa y mágica gruta, una cueva temible.
Allí se plantó delante de ella. Tan imponente y solitaria. Una puerta que invitaba al despertar, al miedo que se busca y al canto indómito que reside en lo más recóndito.

Con su cuerpo erguido y temblando … cerró los ojos y abrió los sentidos. El sigilo colosal despertaba su piel. Los animales le hablaban, y él los entendía. El viento lo empujaba a entrar. Lo llamaba arrastrando sus trapos a lo desconocido, a lo más profundo , al centro de las piernas de la madre tierra.

Una vez dentro, ninguna palabra podría transmitir lo que el salvaje percibió. Las gélidas rocas lo abrazaban, rodeándolo al mismo tiempo, de un calor inexplicable. La montaña lo acogía, su consciencia despertaba y, por fin, comenzaba a sentir el añorado beso de una naturaleza abandonada. Una creación que nadie parecía recordar … aun siendo todos, hijos de ella.

Sin pensarlo e impulsado por un poder oculto, reunió a sus pies unas cuantas hojas secas que se amontonaban en la entrada, sujetó dos grandes piedras y las hizo chocar entre ellas.

El silencio sepulcral que habitaba y lo inundaba todo se avivaba con cada estallido y, con él, también su cuerpo y su alma adormecida.
Con los pensamientos fuera de aquel lugar, sus pies descalzos saltaron con fuerza al ritmo del sonido que salía de sus manos. La cueva hablaba, sus suspiros se entrecortaban … y entonces de entre las rocas, cómo un viejo atávico que ansiaba ser liberado, nació con ansia el fuego, en medio de la oscuridad más abismal.

El hombre que ya no era hombre, comenzó entonces a ensalzar su voz, inmerso en un primitivo trance al que se unían , danzando, los ancestros más sagrados. El fuego se enredaba con él, provocando sombras en las paredes vivas. Sobre éstas, una figura se contorneaba sin sentido y cordura alguna.
El sudor caía de su frente, los olores de la tierra y de la vida se estrechaban, los cánticos surgían de su garganta , cómo poseído por sus hermanos pasados, por sus originarios, por su verdadero espíritu que por fin había soltado en medio de aquel hipnótico momento.

La hermana lluvia, sus truenos y relámpagos, se unieron a la danza eterna. El viento los acompañaba con sus silbidos, los búhos excitaban las llamas, la bestia seguía convulsionándose y gritando. Gritando palabras que sólo los antepasados que allí vivieron habrían comprendido. Entonces, de repente … el silencio ocupó de nuevo toda la caverna.

Sólo se escuchó su entrecortada respiración, su voz ahogada, su aliento sorprendido al observar, con la más absoluta admiración , al padre de aquel lugar sagrado que se encontraba, poderoso, en la entrada del agujero.
Se arrodilló entonces delante de él, sin temor ni miedo. Sólo. Desnudo ante un lobo blanco que se acercaba lentamente al cuerpo resbaladizo de alguien que acababa de saborear la vida más pura de todas.

El lobo níveo se inclinó delante del hombre, acercó sus ojos azules a los negros llorosos de éste y, siendo ambos el mismo ser, apoyó su hocico contra el otro, regalándole así, el beso enamorado del bosque.

Fue entonces cuando, al cerrar el hombre salvaje los ojos, una lágrima brotó de entre ellos, cayendo sobre la roca y desapareciendo éste de aquella cueva solitaria para siempre, dejando sólo en ella el resonar de un cántico prehistórico y los resquicios de un pasado, de un fuego eterno. “

La leyenda sigue narrando que, a la entrada de la cueva solitaria, un árbol se yergue fuerte y robusto. Un árbol precioso que brotó de la lágrima que aquel hombre , más animal que hombre, dejó caer cuando se encontró con el espíritu del bosque. Un árbol que , por las noches, se convierte en una delgada figura que con sus cantos desgarradores e indomables, da vida al fuego y alas al viento.