Permaneció inmóvil, con las piernas olvidadas y los brazos enlazados con los suyos. Ojalá ese nudo no se deshiciera jamás, pensó. Podría estar enredada a él toda su vida, en un laberinto sin salida.
Su aliento chocaba lentamente en su nuca y los escasos centímetros que separaban su vientre de su espalda le parecieron un pecado atroz.
Quiso decirle que siempre borraba al instante cada palabra que escribía en su ordenador cuando comenzaba a recordar los momentos vividos, que si la pantalla fuera una hoja de papel la habría arrugado y arrojado a la basura infinitas veces porque las letras ya estaban muy lejos, demasiado minúsculas, incapaces de describir el amor que sentía hacia él.
Quiso despegar sus labios poco a poco y suplicarle que se quedara, que no la soltara nunca al precipicio de la realidad, que le arropara con sus sueños y que extinguiera los miedos infinitos que la abrazaban cuando se separaba de ella, cuando se alejaba apenas unos pasos.
La quietud de ese instante la convertía cada vez más en una estatua inerte. El temor a retorcerse y que eso provocara que él se desprendiera de su cuerpo se acrecentada. Jamás había deseado tanto algo así. Jamás se había sentido tan segura.
Sintió el calor de su cuerpo cada vez más dentro. Una sensación indescriptible en la que su magia entraba por cada poro de la piel inundándola de miles de colores que se mezclaban en su interior, provocando una convulsión que la obligó a darse la vuelta, a devolverle a ese lienzo el brillo que ahora ella poseía.
Los nervios se esfumaron y una tranquilidad inhumana se apoderó de la habitación, de cada fibra y cada uno de sus rincones.
Sus ojos la miraban fijamente, robándole las fuerzas y haciéndole levitar poco a poco. Podría haberse ahogado en ese verde infinito sin enterarse, sin importarle lo más mínimo.
Sus manos resbaladizas los acariciaron, igual q el lugar donde su vida tenía sentido cuando la rozaban, sus labios.
Comenzó entonces a dedicarle miles de palabras, a romper el silencio con multitud de sentimientos que rogaban ver la luz, abarrotándose unos sobre otros por querer llegar a sus oídos. Nunca recordó qué fue lo que salió de su boca, sólo un par de lágrimas descansando en ella mientras él le sonreía.
Cuando la incertidumbre de no saber si el deseo de permanecer así eternamente le atacó de nuevo, volvió a clavar la mirada en la suya, recibiendo de nuevo aquella paz.
Creyó estar en lo más alto y miró hacia abajo. A penas se podía distinguir nada. Los problemas más grandes se apreciaban a duras penas, las inseguridades eran sólo pequeños granos de arena que desaparecían al segundo arrastrados por su respiración, el pasado de una chica triste se hundía bajo tierra.
De repente una ráfaga de vértigo pasó por su lado, creyó estar a punto de caer a ese lago de penurias y llantos cuando unos brazos le rodearon, le apretaron muy fuerte y la acercaron a un lugar donde las nubes acariciaban su piel y la mantenían flotando. Ella extendió los suyos, sabiendo que jamás volvería a mirar atrás, sabiendo que no pisaría el suelo otra vez.
Estaba abrazando el cielo, y nada, absolutamente nada le haría caer de nuevo.

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