De subir el volumen de esa canción, coger la polvorienta guitarra y desoxidar los dedos. Y de soñar, bajar los párpados y sentir que se mojan, que se inundan, y con ellos tú sonrisa que permanecía seca de emociones. Llegó el momento de sentir la propia sal.
Ha llegado la hora de estar sola. De romper la burbuja que te acompañaba y de dejar pasar aquello que podía llegar a romperte. Sin miedo, abrazando esa fragilidad.
Ha llegado el momento de colorear las paredes. De colorear tú vida. Aunque sean colores oscuros y efímeros.
Llegó la hora de vibrar contigo misma. De sentir que la piel se eriza y que esa sensación la estás provocando tú. Cargada de sentimientos, de llanto y de risas tristes.
De dejar que los huesos descansen, de derretirte y gritar que lo intentarás una vez más.
Ha llegado el instante de ser, de susurrar, de tocar y no reconocerse. De escribir al azar, sin más sentido del que le des. Sin que nadie entienda, sin que exista un motivo.
Llegó el momento.
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